El Magistrado y la frontera: Esperando a los bárbaros de J. M. Coetzee

Esperando a los bárbaros es la tercera novela publicada por el escritor sudafricano J. M. Coetzee en el año 1980. Escrita originalmente en inglés, Waiting for the Barbarians se instala en el panorama literario como una de las obras trascendentales para comprender la narrativa contemporánea y propone temáticas como el desarrollo de la historia, la memoria, la segregación racial, la frontera y las relaciones de Sudáfrica con el resto del mundo.

Con una clara referencia al poema homónimo de Constantino Cavafis y el trabajo literario de Samuel Beckett, Esperando a los Bárbaros muestra las vivencias de un Magistrado, que habita en una localidad fronteriza: un territorio que se encuentra entre el imperio de los “civilizados” y los pueblos “bárbaros”, su trabajo es vigilar y administrar ese sector por el temor  del imperio a un ficticio ataque de los “bárbaros”. Enfocarnos en la figura del Magistrado es una forma de sintetizar panorámicamente la obra, pues el mismo protagonista es un ser fronterizo en todos sus niveles.

El Magistrado no posee nombre, nunca se nos presenta una identidad en particular ni rasgos físicos muy detallados; se encuentra en una frontera pues habita en una localidad que protege los límites territoriales del imperio, posee una jerarquía que le entrega un cierto poder de control, conoce la lengua de los bárbaros y logra relacionarse pacíficamente con ambos grupos. Sin embargo, Coetzee no nos presenta un protagonista heroico o moralista: nos turba con un personaje absorbido por el tedio y la inacción; maneja la lengua pero evita comunicarse, reconoce a los inocentes pero prefiere encerrarse a leer, escucha las torturas pero solo aparece para llamar a un médico que los cure y a un guardia que los devuelva a sus pueblos. Es así como se va construyendo un sujeto que de primeras nos parece indolente, superficial, un burócrata que posee un poder limitado por su voluntad.

Sin embargo, la novela, que se desarrolla siempre a través de la voz del protagonista, comienza a adentrarnos en este mundo lleno de contradicciones, violencia e impotencia con la llegada de dos personajes que, desde distintos ejes y posiciones, actúan como los motores de sentido tanto para el Magistrado como para nosotros los lectores: el Coronel Joll y la mujer bárbara.

El Coronel Joll aparece como un enviado desde la capital, viaja de fuerte en fuerte con el único propósito de “descubrir la verdad”. Es un sujeto silencioso, práctico y cruel; de primeras no se lleva bien con el Magistrado, su relación es tensa y estrictamente profesional. Para llevar a cabo su objetivo el principal método es el apresamiento de bárbaros y su posterior tortura. No maneja la lengua, no conoce los distintos pueblos que se encuentran, sus culturas, sus oficios; a él poco le importa ello, solo busca a partir de la violencia corporal extraer lo que sea, una frase entre gemidos que será tergiversada en un futuro informe e impuesto como la verdad histórica de la frontera.

Casi al mismo tiempo de la llegada de Joll y sus primeros prisioneros, deambula por el fuerte del Magistrado una mujer, la llamada “mujer bárbara” quien torturada, ciega y con los tobillos quebrados fue abandonada por su imposibilidad de retornar a su hogar. La relación que se gestará entre el Magistrado y la mujer bárbara será uno de los núcleos argumentativos de la novela. Con escuetos diálogos, miradas esquivas, temor y al mismo tiempo rencor, tras mucho tiempo de total indiferencia, el protagonista se ve por primera vez removido frente a esta mujer. Desde un comienzo le ofrece un empleo como excusa que justifique su asentamiento en la ciudad, la relación entre estos dos personajes –que no podemos definir como romántica, ni de supervivencia, ni de conveniencia, pues posee un poco de todo– es profundamente corporal, sensible, la percepción del lector se activa cuando el Magistrado está con la mujer bárbara: desde ayudarla a caminar hasta curar sus heridas, ella pasa a ser una suerte de texto, un archivo histórico de la barbarie que el Coronel no logra tergiversar y el Magistrado no logra descifrar.

La novela nos posiciona en la figura del Magistrado, quien empieza a concientizar junto a nosotros lo que realmente está ocurriendo en este lugar descrito tan vagamente, que puede no ser Sudáfrica, sino cualquier otro lugar. La compleja y desesperanzadora posición del Magistrado juega con nuestra propia ética como un vaivén; nos une al protagonista y luego nos separa. Nos cuestionamos con él qué sucede con la violencia, el racismo, la segregación, la forma de hacer historia y de vernos como sujetos sensibles. El Magistrado, desde su propia psique hasta sus acciones, nos hace viajar a una frontera que parece mucho más cercana de lo que imaginamos en un primer momento. Sujeto fronterizo que se asemeja a otras obras estudiadas en este proyecto de investigación, como es el caso de Makina en Señales que preceden al fin de la tierra en el territorio mexicano o al Traductor/Cura de Butamalón y la disputa chilena-mapuche. Esperando a los bárbaros es, de esta manera, una pieza cultural clave de la sociedad sudafricana, la violencia, la historia y la memoria desde tiempos pretéritos hasta el contemporáneo.

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