Entrevista a Alessandro Mistrorigo: “la persona que vive el «dispatrio» está un poco «acá» y un poco «allá»”

 

Alessandro Mistrorigo, poeta, traductor y académico de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia e invitado de colaboración internacional del proyecto Literatura de Fronteras– propone el concepto de dispatrio: aquello que no corresponde con el aquí ni el allá, un limbo entre diversos espacios geográficos e identidades.

 

 

¿Qué significa y cómo desarrollaste la noción de dispatrio?

La palabra «dispatrio» es una palabra inventada, un neologismo que acuñó el escritor y profesor italiano Luigi Meneghello en un libro de 1993 que lleva esa misma palabra en el título. En este libro, Meneghello intenta abarcar su experiencia de vida en Inglaterra, donde ha vivido durante más de 35 años. De hecho, justo después de la Segunda Guerra mundial, él dejó su ciudad, Vicenza, al noreste de Italia, y con una beca del British Council se trasladó primero a Birmingham y luego a Reading, al oeste de Londres. Desde estas premisas, pues, la palabra «dispatrio» no es permutable con la palabra exilio, político o económico que sea: Meheghello no dejó su tierra forzosamente, en contra de su voluntad, ni tampoco sintió nunca nostalgia de Italia. Esta palabra, se refiere más bien a una condición diferente: la persona que vive el «dispatrio» está un poco «acá» y un poco «allá». Lo explica muy bien el mismo Meneghello a través de unas palabras que me parecen inspiradoras. Al principio de su libro, reflexionando sobre su condición de italiano en Inglaterra, se da cuenta de que una característica importante –aunque yo diría que la principal– es la oscilación del punto de vista. Es como si Inglaterra, dice, fuera al mismo tiempo «allá» y «acá» y también lo fuera Italia. Si recuerdo correctamente, también utiliza la metáfora de la corriente alterna. En efecto, el «dispatrio» es la construcción de un segundo polo dentro de una experiencia de desplazamiento. Un segundo polo que no se contrapone al primero, el original, sino que se suma a él. A través de estos dos polos pasa lo que el define como corriente alterna: una especie de calambre que espabila. El «dispatrio», pues, sería la condición de alguien que ha adquirido ese tipo de doble punto de vista y que a través de ello despierta y vuelve a ver el mundo. Dos puntos de vista que se suman apuntan además a un posible diálogo interno a la conciencia del sujeto que vive esa condición. Es en este sentido que se desarrolla una reflexión sobre el mundo, una reflexión que en el caso de Meneghello es literaria, obviamente, y que nos restituye la realidad no tanto como descripción de las dos partes, sino más bien como articulación, es decir, ese espacio en el que ocurre el movimiento entre los dos polos. Esto es lo que habrá que buscar si pensamos que pueda existir una escritura del «dispatrio»; un ejemplo muy peculiar, a mi manera de ver, es el escritor español Vicente Soto que, al igual que Meneghello, vivió en Londres hasta el final y hasta el final, en su literatura, nunca renunció a articular el espacio-tiempo intermedio entre los dos polos, en su caso, España e Inglaterra.

¿Es una noción que se podría aplicar sólo a la literatura o se inserta en un ámbito más amplio?

Más que una noción, yo hablaría de condición. Una condición a partir de la cual el ser humano puede experimentar el mundo de una forma diferente. En este sentido, la escritura de Meneghello y Soto, al igual que de otros escritores, nos enseña esa condición a la vez que reflexiona sobre ella. Ahora bien, precisamente a partir de este tipo de literatura que nos habla del «dispatrio», se nos brinda la posibilidad de abordar algunos fenómenos del mundo actual. Me refiero, por ejemplo, a la condición que viven, especialmente en Europa, las jóvenes generaciones, especialmente de los países mediterráneos, que se desplazan al norte para trabajar. Estamos hablando de lo que sería el «normal» desplazamiento garantizado por la movilidad europea de las personas. En Italia, por ejemplo, desde hace unos 10 años, se registra un tipo de migración juvenil muy diferente de la que conocimos como país a finales del siglo XIX y XX. En ese momento, la mayoría de los italianos que emigraban, en gran parte hacia América Latina, eran muy pobres y en muchos casos analfabetos, en busca de condiciones de vida mejores. Los jóvenes que emigran en estos años a los países del Norte Europa lo hacen con un grado de instrucción alto o, en algunos casos, muy alto; además, entre ellos son bastante pocos los pertenecientes a los niveles sociales más bajos de la populación. Obviamente emigran para encontrar condiciones de vida más estables, de una instrucción especializada y un trabajo mejor retribuido. Y sin embargo, aunque las condiciones de estos jóvenes emigrantes son infinitamente mejores con respecto a las de sus antepasados, esto no quita que se trate, en este caso también, de un desplazamiento que pone en marcha toda una serie de dinámicas internas en los sujetos que, a pesar de vivir en el mismo continente, toca los nervios de nociones como «frontera» e «identidad». Nervios que, en Europa, últimamente parecen estar cada vez más al descubierto.

¿Cómo lo relacionas con el concepto de frontera?

La relación entre la condición del «dispatrio» y la frontera me parece muy estimulante. En cierto sentido, el concepto de frontera ya está insertado dentro del «dispatrio». Lo está en la misma palabra: en su etimología. Y, también, lo está en la vida misma de los sujetos que experimentan esta condición. La palabra «dispatrio» lleva en sí el prefijo dis-, un elemento morfológico extremadamente polisémico. Entre los múltiples significados de ese prefijo, hay también el que indica separación y dualidad. Lo mismo ocurre cuando hablamos de frontera: en ella, se establece una separación y siempre hay dos lados, un más «acá» y un más «allá» del límite que constituye. Ahora bien, el que vive el «dispatrio» –al igual del que vive la frontera– esta insertado íntimamente en esa separación o dualidad de la misma forma en que esa separación o dualidad se vuelve ínsita en su condición de vida. El «dispatrio» se vive como se vive la frontera. Tal vez podría hacer un ejemplo que, para no complicar demasiado las cosas, tenga que ver con ese tipo de jóvenes emigrantes de que hablamos antes. Bueno, pongamos que, al emigrar, un joven encuentre trabajo y empiece a vivir su vida en el país de acogida. Tarde o temprano, allá encontrará una chica o un chico con quien, a lo mejor, querrá constituir una pareja y, ¿por qué no?, una familia. Sin casi darse cuenta, al cabo de los años, ese joven irá constituyendo un nuevo polo, según las palabras de Meneghello, de donde hará experiencia del mundo. Un segundo polo que se acopla al lugar originario de donde ha salido. Ese punto de partida, que era el «acá» se vuelve, entonces, un «allá» y viceversa, ese «acá» que está donde ha constituido su hogar, antes era solo un «allá» indefinido. He aquí la corriente alterna en la que se articula su condición y potencialmente la reflexión sobre ella. Aunque no sea exactamente la misma y no se agote en ella, la frontera también encierra un tipo de dinámica parecida.

Con respecto a eso, creo que se podría decir que la literatura de la condición del dispatrio en realidad no resuelve el problema de la identidad; no lo resuelve en el sentido de que pacifica o unifica el conflicto que puede aparecer en un sujeto atravesado por una frontera. Quien experimenta y vive la condición del «dispatrio», a mi manera de ver, consigue individuar esa separación o dualidad como ínsita en su propia identidad.

¿Cómo funciona el proceso de la memoria en el dispatrio y la resolución de la identidad?

La memoria es un elemento fundamental. Diría yo que el movimiento que se desata a partir de la condición del «dispatrio» es reflexivo precisamente en el sentido de un redoblamiento del sujeto encima de la experiencia propia, y en esto la memoria tiene una función fundamental. De forma diferente, esto ocurre bien en el caso de Meneghello, bien en el caso de Vicente Soto. En ambos casos, la memoria actúa como un lugar de donde recuperar materia para la escritura. Obviamente no es el único instrumento literario al que acuden estos dos autores, sin embargo, tiene una preeminencia por dos razones. La memoria, de hecho, funciona no solo como la dimensión en la que atingir «lo que fue», que normalmente se refiere a un «allá» lejos también en el tiempo; sino que también abre, en la dimensión temporal, ese espacio donde se articula el movimiento oscilatorio de la experiencia de los dos polos (ej. «acá/ahora» y «allá/antes»). La memoria, pues, actúa como una abertura de un espacio que se despliega en el tiempo y que se vuelve muy fecundo para la escritura y también la reflexión sobre la identidad. Con respecto a eso, creo que se podría decir que la literatura de la condición del dispatrio en realidad no resuelve el problema de la identidad; no lo resuelve en el sentido de que pacifica o unifica el conflicto que puede aparecer en un sujeto atravesado por una frontera. Quien experimenta y vive la condición del «dispatrio», a mi manera de ver, consigue individuar esa separación o dualidad como ínsita en su propia identidad.

¿Se podría hablar de la figura del «dispatriado» cuando consideramos los flujos migratorios que vemos hoy en día en el mundo?

Si consideramos lo que está ocurriendo ahora mismo en el mundo, los flujos migratorios que se producen del sur al norte, de los países pobres a los ricos, de los que están en guerra a los que viven una relativa paz, no sé. En estos casos, creo que es muy necesario hablar de «refugiados» o «exiliados», sobre todo por una cuestión importante que es fundamentalmente jurídica. Hay que reconocerles a aquellas personas un estatus jurídico definido de manera que no se vuelvan homines sacri, es decir, existencias desechables –como, en efecto, vemos que está ocurriendo cada vez más en zonas de fronteras como el mar Mediterráneo. Sin embargo, como dije antes, creo que sí, creo que en algunos casos se puede hablar de «dispatriados» cuando miramos los flujos migratorios actuales. Hoy en día, las personas que viven esta condición serían otro tipo de migrantes. Estoy pensando otra vez en los jóvenes –y también en los no tan jóvenes– que ya tienen una instrucción y carrera en el país de origen y emigran, por ejemplo, en busca de condiciones de vida mejores y un trabajo mejor remunerado. Se trata de un flujo migratorio escondido, pero no menos importante. En este sentido, el caso de Italia me parece paradigmático. Una amiga periodista, Claudia Cucchiarato, escribió un libro titulado Vivo altrove (Milán: Bruno Mondadori, 2010) en el que recolecta una serie de historias de jóvenes italianos que abandonaron la península para establecerse en el extranjero. En ese libro, se descubre que, aunque para la mayoría de esos jóvenes el desplazamiento no fue una obligación, sino una elección, las razones que les impulsaron a irse eran la incertidumbre y la precariedad que vivían en Italia en aquellos años. Era la época en que la Unión Europea promovía bastante la movilidad de las personas y la integración en el continente, pero la situación actual, con el Brexit y la insurgencia de los populismos de matriz soberanista, es muy diferente. Algunos de aquellos jóvenes que ahora ya no lo son tanto y tienen familia e hijos, son amigos míos que viven como «dispatriados» desde hace por lo menos una década. Hablando con ellos lo que se nota es su atención crítica con respecto a lo que está pasando ahora mismo en el continente europeo. En este sentido, quien vive la condición del «dispatrio» tiene un nivel de conciencia y sensibilidad mayor también en relación a quien llega de «fuera», también de otros continentes. Pena que en Europa no haya más «dispatriados».

¿Tú, que eres italiano, cómo observas la situación de los migrantes en Europa y en Italia en particular?

Lo que está ocurriendo en el Mediterráneo es una tragedia horrible. Y aún más terrible es el espectáculo que de esta tragedia humana hacen los medios de comunicación de los que, a su vez, se aprovechan los políticos sin escrúpulos. En todos los niveles. Como italiano, observo todo esto con una infinita tristeza que definiría también incrédula. Sí, porque me parece increíble que haya gente se aproveche de la situación en vez que ayudar. Pienso, por ejemplo, en las organizaciones criminales o los políticos que de formas diferentes lucran a partir de los migrantes que consiguen llegar a este lado del mar. Por eso, no tengo muchas ganas de añadir más palabras a las que ya se han dicho y se dice. Lo que creo es que hay que actuar, cada uno con sus medios, con sus recursos, y sobre todo vivir sin miedo.

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