Le Rivage des Syrtes: palabra y acción

Le Rivage des Syrtes (El mar de las Sirtes), novela del escritor francés Julien Gracq publicada en 1951, relata la disputa de dos estados ficticios: Orsenna y Farghestán que llevan más de 300 años en un conflicto armado que ya mermó hace mucho. Sus partes prácticamente han olvidado las causas que los llevaron a enfrentarse, solo quedan dos pruebas concretas: la frontera marítima en las Sirtes y las epopeyas de escritores olvidados.

La novela se centra en la figura de Aldo, hijo de una familia acomodada y reconocida de Orsenna que decide, por tedio y desamor, partir a la frontera de las Sirtes. Sin embargo, la acción en todos los lugares, ya sea en el centro o en la periferia, está pausada y se representa varias veces de la misma manera:

La Señoría de Orsenna vive como a la sombra de una gloria que le ganaron, siglos atrás, el triunfo de sus armas contra los infieles y los fabulosos beneficios de su comercio con Oriente; es como una persona anciana y muy noble, que se ha retirado del mundo y a la que, pese a la pérdida de su crédito y a la ruina de su fortuna, sigue defendiendo su prestigio… (15)

Un territorio personificado como un anciano, que solo espera en el tedio y los recuerdos de un pasado glorioso y activo, se contrapone y enriquece con el lenguaje que Gracq emplea en toda su obra: el estilo no solamente es poético, ornamentado y complejo, sino que por sobre todo, lleno de acción.

Por un lado, el léxico empleado hace referencia a un constante belicismo en sus diálogos, por ejemplo, en una breve conversación entre el protagonista y Marino, sujeto a cargo de la frontera, ya aparecen términos como “trinchera”, “adversario”, “toma de posesión” cuando el tema de sus diálogos no tiene nada que ver con el conflicto armado entre las dos naciones. La sintaxis pausada y la atmósfera de calma y tensión que se produce aportan a ser aún más contrastivo el estilo del autor. Por su parte, el tedio de la frontera también se contrarresta por la mezcla de escenas oníricas y surrealistas en el trabajo de los paisajes: la bruma que envuelve el mar, los terrenos que pasan de pantanos a desiertos e incluso el emblemático capítulo séptimo donde el volcán Tängri se eleva por los cielos.

En síntesis, la acción de El mar de las Sirtes se contrapone con un lenguaje que presenta una constante guerra en su léxico, paisajes oníricos que se metamorfosean y la mezcla de el interior del protagonista con hechos surreales de las acciones. La narración juega en esa frontera entre la tregua de una guerra casi olvidada, lo onírico del protagonista, de los espacios surrealistas y una descripción violenta que desembocan en una obra compleja, preciosista y fronteriza.

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