Migración, identidad y deseo: explorando las fronteras de Gabriel Mamani Magne

Por Natalia Rocha Gonzales

Aún a lo lejos es posible divisar la azabache cabellera de Gabriel. Aprovechando la flexibilidad de las restricciones sanitarias, nos reunimos en un café de la ciudad de La Paz, Bolivia. Ya sin barbijos y acompañados por tazas de café, comenzamos a charlar y poco a poco vamos arribando al motivo de nuestro encuentro: Seúl, São Paulo (2019). En esta novela se narra la historia de Tayson Pacsi, un adolescente nacido en Brasil que es hijo de bolivianos y que se ve obligado a retornar a Bolivia. Pero, el retorno a la patria de los padres –que resulta ser familiar y ajena al mismo tiempo– desencadena en el joven una vorágine de afectos y transformaciones. Junto a su primo, el narrador anónimo en la novela, Tayson afronta la premilitar, así como diversos trajines entre las ciudades de La Paz y El Alto. La fluida e ingeniosa narrativa de Mamani nos permite experimentar desde los ojos y los cuerpos de estos adolescentes una historia atravesada por los claroscuros de la migración, la identidad y el deseo.

Gabriel Mamani Magne nació en La Paz, Bolivia, en 1987. Publicó las novelas El rehén (Dum Dum Editora, 2021) y Seúl, São Paulo (Editorial 3600, 2019), además de la novela para niños Tan cerca de la luna (Alfaguara Infantil, 2012). Ha sido ganador, entre otros, del Premio Nacional de Novela de Bolivia, del Premio Franz Tamayo de Literatura (2018) y del Premio Nacional de Literatura Infantil (2012). Estudió una maestría en Literatura Comparada en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Ha dirigido talleres de escritura creativa y, en la actualidad, es profesor en la Universidad Católica Boliviana.

Natalia Rocha: ¿Cuándo comenzaste a escribir?

Gabriel Mamani: Es una pregunta tramposa porque cuando te preguntan eso no sabes si se refieren al momento en el que has empezado a escribir seriamente o de forma más amateur, por así decirlo. Si hablamos de forma amateur, sin visión de publicar, comencé a escribir desde hace mucho tiempo. Cuando tenía 12 o 13 años me gustaba mucho esbozar algunos cuentos. Yo era militante –y soy militante, todavía– de la idea de escribir en la cabeza primero. Caminaba e imaginaba historias. Reinaldo Arenas dice que: “Primero se escribe con la cabeza, caminando”. Ya así con la decisión de que la literatura sea el centro de mi vida, es a partir de mis 19 o 20 años. A los 20 años publiqué mi primera crónica en la revista de la Alcaldía, y después continué.

N.R. ¿Cómo fue que surgió esa inquietud por escribir?

G.M. Yo creo que la escritura es un siguiente paso natural de la lectura. A mí me gustaba leer, me gustaban mucho las cosas que me hacían sentir lo que leía. Nunca he sido muy fan de la historia en sí, sino del modo en el que está contada una historia y las sensaciones que surgen de ello. Me acuerdo que me gustaban mucho aquellos libros que leía y que me hacían sentir cosas. Cuando leí de muy joven a Gabriel García Márquez, a Gustave Flaubert, Oscar Wilde; había cosas que me hacían sentir algunas emociones o había una intersección en la que el autor y yo compartíamos algo. Entonces decía: “Yo quisiera hacer sentir eso a alguien alguna vez”. Fue por eso que comencé a escribir.

N.R. ¿Sobre qué fue tu primer escrito?

G.M. Me acuerdo que mi primer escrito fue cuando tenía ocho años, estaba en colegio y la tarea era escribir una fábula: humanizar a los animales, darles voz y una moraleja al final. Era por parejas, pero mi amigo no hizo nada, yo escribí la fábula. Era sobre un lobo abusivo en una granja y que había otro lobo que lo abusaba a él. Me acuerdo que no sabía qué ponerle a la moraleja y mi amigo le puso: “Para todo gallito hay un gallito mayor”. Esa fue la primera vez que escribí. Yo me moría de vergüenza de la moraleja, no de la historia, porque después el profe lo leyó en público y yo no quería que llegara a la moraleja porque no era mía y no me gustaba.

N.R. ¿Quiénes fueron o son tus referentes literarios?

G.M. Antes tenía una respuesta bastante sólida, pero con el tiempo ha ido mudando. Creo que lentamente vamos matando al padre, vamos matando a los que admiramos y vamos adquiriendo otros padres adoptivos. En un inicio yo admiraba, como todos o como muchos, a Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Rulfo; y los sigo admirando, pero con el tiempo ya han aparecido otros autores menos endiosados que me gustan mucho. Una de ellas, por ejemplo, es Clarice Lispector. Un autor al que vuelvo mucho igual es J. M. Coetzee. A nivel latinoamericano, me gusta mucho Junot Díaz, que es un dominicano que vive en Estados Unidos desde hace mucho tiempo y que escribe en ‘spanglish’. Del lado boliviano me gusta mucho la obra de Oscar Cerruto, Augusto Céspedes, Blanca Wiethüchter…todos los que te nombré son autores a los que regreso cada cierto tiempo cuando siento que estoy desvariando en el camino. Son autores y autoras que me recuerdan qué es importante, qué es el hueso de la literatura, lo que realmente importa. Puede haber periodos en los que no los lea por mucho tiempo, pero intento siempre volver –una vez al año o dos– para encauzarme de nuevo y entender por qué estoy aquí escribiendo.

N.R. ¿Y cuál es el ‘hueso’ que importa en la literatura?

G.M. Para mí son dos cosas. Primero, lo que yo le pido a un buen libro es que me convenza. No me interesa tanto que cuente una historia sobre una aventura en Asia, o un viaje hasta Europa o Rusia, lo que me interesa es que funcione y que convenza al lector. Pero, siendo más profundos, lo que creo que es importante es que la literatura cause algún tipo de impresión en ella misma y en lo que la rodea. Considero son importantes esos dos elementos. Creo que una historia tiene que convencer primero, y a partir de ahí ya puedes adjuntar un tipo de estética determinado, un tipo de poética, algún tipo de experimentación. Pero la base es que funcione. Sin eso no tiene razón de ser; es como una casa sin puertas.

N.R. ¿Cómo es el día a día de un escritor? ¿Cuál es tu rutina?

G.M. Mi vida gira en torno a la escritura y la literatura. Todo lo que yo conozco, percibo, vivo y experimento tiene que ver con la escritura, con la literatura. Vivo de eso: doy clases sobre literatura, hago traducciones, hago ediciones, me encargan escritos; ahora voy a empezar un doctorado en eso. El día a día es bastante común, como cualquier otra persona normal. Yo intento siempre escribir en la mañana. Algo que he aprendido es que “Al mal paso, darle prisa”; empiezo siempre escribiendo en la mañana las cosas que no son parte de mis proyectos personales. Luego de eso, ya con la conciencia limpia, puedo dedicarme a escribir algún proyecto personal. Después manejo mucha bicicleta, me gusta mucho. Ya por la tarde le dedico a cosas que tienen que ver con…yo le llamo el ‘lado B’ de la literatura, el lado feo, que es, por ejemplo, ir a instituciones públicas para que te paguen. Intento leer mucho, mucho. Por otra parte, creo que la situación de nosotros los bolivianos –como de cualquier escritor del mundo, de América Latina– siempre es un estilo de vida al borde del precipicio por la precariedad laboral. Siento que, si bien un autor vive alrededor de la literatura, vive mucha libertad –es algo que valoro mucho: vivir como quieres, hacer lo que quieres–, es una libertad al borde del abismo. Me siento afortunado porque sigo una vida que me permite mantener la escritura en el centro de lo que hago y comer tres veces al día.

N.R. Ja, ja, ja. Pensando en tu novela Seúl, São Paulo ¿Cómo nació la idea?

G.M. Yo estudié una maestría de Literatura Comparada en Brasil, en Río de Janeiro. Allá no existían muchos bolivianos, eran muy pocos. Me acuerdo que un día fui a São Paulo de visita, que es una ciudad donde la comunidad boliviana es inmensa. Vos pasas por la Avenida Paulista y hay bolivianos vendiendo cosas; pasas por el zoológico, bolivianos; por todo lado y hay bolivianos. En específico, hay un barrio que se llama “Brás”, si no me equivoco, que es donde se asentó gran parte de la colonia boliviana y también sus descendientes. Fue en una feria de ese barrio que yo vi el germen de un personaje de Seúl, São Paulo, de Tayson: gente con un fenotipo aymara-quechua, pero con una nacionalidad y costumbres brasileñas; me interpeló bastante. Cuando entrabas a ese barrio era como entrar a alguna sucursal de Bolivia, por todo: la comida, el olor, los carteles, la música; y me gustaba mucho. Fue ahí que las imágenes eran muchas, demasiadas. En un principio el libro empezó como un cuento que se llamaba “Coreano”, pero me di cuenta que eran demasiadas imágenes y demasiado para contar que decidí ir acumulando las páginas hasta el punto en el que se convirtió en una novela.

Me gusta mucho que los personajes sean de carne y hueso, que no sean personajes castrados, asexuados, sino que sean como son, como soy: con deseos, con temores, con sueños y tropiezos.

N.R. ¿La novela tiene pinceladas autobiográficas?

G.M. Curiosamente, no. Es algo que me preguntan mucho; un compatriota que estaba allá me decía “Sí, yo también he trabajo en los talleres [clandestinos de costura]”. Creo que en el fondo todo libro tiene sus pinceladas autobiográficas, pero que trato de esconderlas. Esas cosas autobiográficas no están en la historia en sí, sino en las preocupaciones, en los sentimientos y en los temas que se tocan. Por ejemplo, yo nunca he vivido en São Paulo, yo iba de visita; yo no vivía en El Alto, pero aparece en el libro. Lo que sí está conmigo es esa idea de, por ejemplo, cuestionar la idea de lo boliviano, lo aymara, lo mestizo, que lo desarrollo como un tema a través de los personajes, pero que es una preocupación muy grande que yo tengo. Entonces, sí es biográfico porque son sensaciones que me acosan todo el tiempo. También el tema del deseo. En mi libro se habla mucho del deseo sexual, ese es un tema que me preocupa mucho y que trabajo siempre en mis textos. Me gusta mucho que los personajes sean de carne y hueso, que no sean personajes castrados, asexuados, sino que sean como son, como soy: con deseos, con temores, con sueños y tropiezos. Mario Vargas Llosa dice que escribir es como hacer un striptease a la inversa ¿Qué se hace en striptease normal? Un tipo está bailando, se quita la ropa y se muestra pelado, como es. Cuando escribes es al revés: está desnudo y para que la gente no vea exactamente quién eres te pones ropa. Esa ropa, ¿qué es? La historia que estás inventando, los personajes, las personas. Entonces sí, el texto es súper autobiográfico en cuanto a la cuestión emocional y los temas. Un amigo me decía hace poco: “Seúl, São Paulo eres vos, pero en otras personas”. Sí, porque los temas que están ahí me interesan mucho. Quizás el rasgo más autobiográfico en términos de vida vivida, valga la redundancia, es la cuestión de la premilitar, yo sí la hice en la Fuerza Aérea. Al igual que el personaje, yo de muchacho era jodido. Creo que por ese lado puedo encontrar un puente entre mi vida y la vida de mis personajes, pero más allá de eso todo es una invención, que a su vez esconde una verdad. Justo hoy estaba leyendo un libro de Federico Falco, es un libro bellísimo, y decía: “Y por momentos la ficción es la única forma de pensar en lo verdadero”. Yo creo mucho en eso. Si bien es una ficción la que he escrito, en esa mentira hay una verdad, que son los temas y los sentimientos en los que se resume el libro.

N.R. De tu novela, llama la atención que aborde ciertos tópicos que han estado ausentes en la literatura boliviana, como la juventud o la migración ¿Por qué decidiste escribir sobre esos temas?

G.M. Me interesa mucho el tema del deseo, creo que el momento más complicado del deseo sexual ocurre en la adolescencia porque es una sensación no conocida todavía, no explorada del todo. Es muy diferente en la adultez cuando una persona ya ha experimentado muchas cosas. Entonces, el tema del deseo en la adolescencia me parece muy importante, es un tema con el que todavía no he saldado todas las cuentas y creo que tengo mucho para aportar. Sobre la juventud, Emmanuel Carrère dice que tal vez los escritores nos dedicamos a esto para no entrar del todo al mundo adulto, para conservarnos en ese territorio de los sueños que es la infancia y la juventud. Yo me siento muy representado por eso. Esto va a sonar muy a lugar común, pero siento que todavía sigo estancado en una edad –no diré mental, pero sí emocional– con esas ganas de sorprenderme por la vida. En un parte de Seúl, São Paulo lo menciono: “Los quince años siempre serán la mitad de tu vida”. Me gusta eso, me gusta esa primera época porque he vivido muchas cosas, buenas y malas. Sobre todo porque es una época en que el mundo parece más joven y todos tus sueños están intocables todavía: todo es posible… ya luego la vida te va enseñando que hay lugares que están cancelados para vos. Pero esa época me gusta por eso, y también por esos descubrimientos: del deseo, de la maldad, el descubrimiento de la idea de nación, de quién eres en el mundo, qué lugar ocupas. Creo que unos personajes de 17 años eran súper adecuados para contar y transmitir esas inquietudes.

N.R. Sobre la dimensión política de Seúl, São Paulo ¿Cómo y por qué abordaste el tema de la identidad nacional?

G.M. Es porque yo estudié en Brasil y me interpeló mucho mi condición de boliviano. Primero, porque no había muchos bolivianos. Segundo, porque yo me fui en un momento en el que en mi vida atravesaba un momento de descubrimiento de muchas cosas personales. Tercero, porque Brasil me empujaba a pensar mucho en las cuestiones sobre la identidad boliviana. Era muy obvio que tú no eres boliviano ahí, no tanto por tu carnet, sino por los rasgos físicos. Acá uno se siente normalizado: “soy normal, soy de acá”, reconoces a tu gente, independientemente del color de piel. Creo que el mestizaje boliviano tiene un componente indígena muy fuerte. Allá sentía que yo era el ‘otro’, ¿me entiendes? También era una época en la que empezaba a comprender que los que se atribuían lo patriota y nacional –la idea de lo ‘boliviano’– eran personajes detestables, súper conservadores. Yo desconfío mucho de la gente que tiene una bandera tricolor. También había una rabia respecto a la idea de qué es lo boliviano, esa falsa idea del mestizaje: “somos diferentes etnias –mestizos, blancos, indígenas–, andamos de la mano y nos amamos”. No es así, ni a niveles estatales ni a niveles de sociedad civil ni a niveles económicos. Para mí era importante tratar esos temas, pero no en el sentido de intelectualizar el asunto. Siempre digo que no quería que Seúl, São Paulo sea un manifiesto político. Le hablaba a un amigo y decía: “Mira, cuando hablabas de Bolivia, de migración, de La Paz, de El Alto, el tema de la identidad y del racismo está al alcance de la mano todo el tiempo”. No hay que ser sociólogo ni escritor para poder estar cerca de esos temas, y que mis personajes no estén atravesados por eso sería poco creíble, sería algo increíble. Evidentemente, por más que he intentado cubrir con ropajes mis posturas, siento que sí se han sentido. En una parte menciono: “Esa puta llamada Bolivia”. Ahí intentaba resumir esa idea que se tiene de Bolivia, de lo boliviano, desde un lugar de privilegio; quienes asumen esa identidad boliviana –no aymara ni quechua– lo hacen desde un lugar muy cuestionable, muy racista, muy machista; va ahí la expresión “esa puta llamada Bolivia”. Entonces, sí hay mucha rabia cuando hablo de Bolivia en el libro, y eso es totalmente deliberado, no es un error.

N.R. Claro, en esa primera dicotomía entre lo boliviano y lo brasileño surge ese tercero en discordia, que es lo aymara ¿Cómo piensas lo aymara en la actualidad desde Seúl, São Paulo?

G.M. Desde mi experiencia migratoria, en otros países lo boliviano está fuertemente asociado a lo aymara. El que migra, ¿quién es? Es aymara o quechua, o tiene rasgos aymara-quechuas. Entonces, la idea de lo boliviano está bien enlazada a lo aymara y quechua, al menos en términos de migración y desplazamientos, lo mismo que en Chile y en Argentina. Son esas personas las que migran mayormente. En ese sentido, lo boliviano está muy arraigado a la cuestión étnica, a lo indígena. Sin embargo, en Bolivia no. Cuando uno habla de Bolivia intenta imaginar una Bolivia no muy cercana al mundo aymara; sí cerca, pero no tanto. Es como decir: “soy indio, pero no tanto”. En términos sociales veo que hay una negación absoluta de la identidad. Yo creo que Bolivia es un país que escapa mucho de sus raíces aymaras, de sus raíces indígenas, y no puede. Lo intenta con todas sus fuerzas, todos los días, cada día en toda la historia y no puede, y no lo consigue, y no va a poder. Más allá del MAS [El Movimiento al Socialismo, un partido político], más allá de estos 15 años de gobierno [denominados como “Proceso de Cambio”, que surgió como la reacción popular frente al neoliberalismo en Bolivia y refundó el país como un Estado Plurinacional], creo que todavía no han cambiado esas estructuras mentales colonizadoras y racistas, y no se puede. En mi libro quería contar eso, que el personaje Tayson lentamente se va describiendo como boliviano. Entonces, creo que el tema de lo aymara es algo bien complejo, y en el libro quería retratarlo no desde el lado del estereotipo –del aymara pobre, lleno de esos atavismos atribuidos por Alcides Arguedas y mucha gente en la actualidad. Tampoco inserto rituales o cosas que se atribuyen a una persona aymara porque yo creo que cada uno tiene derecho a ser lo que quiera ser y una persona alteña-aymara puede ser lo que le dé la gana de ser. Yo quería retratar por lo menos el lado aymara que lo conozco. Tanto desde la literatura como desde la sociología se idealiza mucho el mundo aymara, como un nicho de pureza y moral. Creo que con eso también se le está quitando su lado humano, se lo está mitificando; y cuando mitificas algo le quitas lo humano.

N.R. También en la novela existe algo así como un mapa íntimo de la ciudad. Para ti, ¿Cómo se enlaza el concepto de frontera con el espacio urbano?

G.M. ¿De frontera? ¿Entre qué lugares?

N.R. Frontera como división, no solamente geográfica, también cultural; cuando mencionas los recorridos que los personajes hacen desde El Alto a La Paz y demás.

En Seúl, São Paulo la frontera me interesaba más como un lugar falso, como un oasis, como algo que parece que es y no está.

G.M. Yo siento que hay dos tipos de fronteras, como dices, no solamente territorial, que puede funcionar a nivel de ciudades, de pueblos, de países, de continentes, sino también una frontera cultural, pero también una frontera interna, que uno tiene por fuera y por dentro. Hay viajes hacia adentro que son también expediciones muy ricas. Como te digo, cuando escribo no intento intelectualizar lo que hago, yo me sirvo de lo que funciona para la historia, la interpretación viene después. Ahora que ha pasado el tiempo, en Seúl, São Paulo la frontera me interesaba más como un lugar falso, como un oasis, como algo que parece que es y no está. Por ejemplo, tú vas a Perú, vas a Desaguadero [un pueblo fronterizo entre Bolivia y Perú cerca del Lago Titicaca], pasas la frontera y es Bolivia nomás, solo que con otra moneda, por lo menos en lo que se refiere al leguaje, la vestimenta, los rostros…es casi lo mismo. Entonces, creo que la frontera es algo muy artificial en muchos sentidos y que la frontera, más que ser un lugar que divide, es un lugar que une. Muchos lugares fronterizos –esa línea que dice “País A/País B” – más que mostrar que son dos lugares diferentes, demuestran que esa frontera es innecesaria porque esos lugares son culturalmente muy parecidos. Por supuesto que hay excepciones en el mundo, pero, por lo menos desde lo que vi, a cualquier lugar que vayas en bus –Chile, Argentina– el paisaje sigue siendo igual. No es que estás acá y al cruzar la línea absolutamente todo cambia. Entonces, creo que la frontera funciona como un recordatorio de su artificialidad. Es un lugar que existe para reconocer que no debería existir.

N.R. En esta última parte de la entrevista la idea es que respondas con una palabra o de forma muy breve a las siguientes preguntas. Por ejemplo, ¿Qué libro te marcó?

G.M. Un libro que marcó mucho fue El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde.

N.R. ¿Una canción favorita?

G.M. I’m Your Man, de Leonard Cohen.

N.R. ¿Una obra artística?

G.M. Una película sería Elephant, de Gus Van Sant.

N.R. ¿Asignatura favorita en el colegio?

G.M. Inglés.

N.R. ¿Y en la universidad?

G.M. Una materia que me gustó mucho fue Teorías Sociológicas.

N.R. ¿Tu lugar favorito en el mundo?

G.M. Mi cama.

N.R. Ja, ja, ja ¿Tu hora favorita del día?

G.M. Es una buena pregunta. Me gusta mucho las 11:00 de la mañana, es una hora en la que estoy muy vital, trabajando; con un pedazo de día recorrido, pero no con un pedazo tan grande como para pensar en los problemas del mundo.

N.R. ¿Una palabra para definir frontera?

G.M. Imaginaria.

Entonces, creo que la frontera es algo muy artificial en muchos sentidos y que la frontera, más que ser un lugar que divide, es un lugar que une.

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